Esta es la historia de aquel chico espiral
Rebecca Perona.
Él, sumido por los rayos del sol,
consumía todo el oxigeno del universo,
llenándose de grandeza.
Cabellos rubios que se mimetizaban con el espacio,
con aquella araña que un día vimos.
Ojos como el cielo despejado,
como el cielo tras la lluvia,
limpios y puros como lo que pisamos.
Él, que quiso crear su propio cielo,
probó el manjar prohibido,
dejándose llevar por sendas oscuras.
Tocó cielo cuando no se lo esperaba,
¡universo! ¡no es posible!, pensó,
y calló, rodó y se enzarzó consigo mismo.
Volvió a caer, bruscamente,
pensaba que era el fin,
quiso salir.
Y es que él,
que la belleza se le rendía ante su mirar,
pues sabía captar lo bello.
Él, que hacia el amor con la luna,
que esta le sacaba a pasear,
que se enseñaban mutuamente para poder sobrevivir.
Decidió explorarse, aquellos días de caminatas,
acudió a los recuerdos sabios,
mientras, la gente le recibía con cariño.
Él, vividor y fiel creyente del destino,
comenzó a percibir señales,
creyendo ver su sonrisa en la copa de un árbol.
Él, que se topó con un par de locos,
y un búho que le observaba de vez en cuando,
hasta en las horas donde el sol pegaba fuerte.
Caminando con pasos sigilosos y contados
captó la mirada del búho,
este murió, porque el chico espiral sonrió,
fue un gran destello nocturno.
Él, que con suaves palabras
explicaba su intensa vida,
se le abrió el corazón,
cada día era un paraje distinto.
Rendido por el tiempo, el búho se llenó de valor,
pues la vida es corta y los caminos largos,
visitó al chico espiral,
para hacerle ver que el también podía llenarse de valor.
Y de repente,
Al chico espiral se le abrió el cielo.
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